martes, 24 de enero de 2017

Llegada al alba. Oriana.

Julián era un chico de diecinueve años, nacido un siete de octubre de mil novecientos noventa y seis, con un gran fanatismo por la literatura y el surrealismo. El joven al despertar cada mañana escuchaba a medida que el sol iba cambiando de posición diferentes discos de Radiohead. Cuando no estaba escuchando música, dibujaba o leía, pero se podría decir que Julián prácticamente no salía de su mundo.
Finalizó sus estudios y estaba en busca de algo que le llamara tanto la atención como para dedicar su vida, porque si bien Julián se identificaba por ser de esas personas que cualquier cosa que se propusieran, la harían y dejarían a todos absolutamente sorprendidos, el estaba buscando algo que llenara ese vacío que durante años quienes lo habían intentado lograr, fueron esos infinitos discos y libros.
Julián no era antisocial, misántropo, ni antigregario, simplemente disfrutaba la soledad; tenía amigos, pero no era raro que si le daban a elegir entre pasar un día en el campo solo, o salir de fiesta, siempre escogiera la tranquilidad, por el simple hecho de que valoraba mucho el estar horas mirando lo mismo, nunca se aburría, encontraba algo diferente constantemente.
Su mente era como una cámara; si lograbas entrar en ella, encontrarías millones de fotografías que te harían sentir pleno, pero extraño, como los encuentros prohibidos de los amantes, cosas que a Julián hacían feliz. 
En algún momento fue como aquellos niños que disfrutaban de tocar sigilosamente timbres de las casas de las ancianas del barrio; para luego correr veloces, con una adrenalina que hoy día pocos conocen. 
Cuando comenzó con sus clases de arte, conoció a una cantidad importante de personas que creyó iban a estar durante muchos años junto a él, sin embargo, hoy son solo dos. Jacobo y Renata, mellizos de ojos oscuros como sus cabellos, o sus almas, que únicamente se purificaban cuando se encontraban con Julián. Como cuando Renata tocaba su saxofón interpretando las pinturas de Julián y Jacobo, a su vez, acompañaba el jazz con la batería.
Habían cumplido 21 años y estaban alquilando un pequeño apartamento en la ciudad de Montevideo, aunque no les convencía el alboroto y la confusión de la misma, hacían el sacrificio por el estudio.
Pero volviendo al más chico de los tres, Julián K. Nilb estaba hecho a la perfección al punto de no parecer real. Tenía el cabello color cobre; unas manitos juguetonas; un par de mejillas como carbones encendidos; sus dientes, cuando los mostraba, eran tan blancos como las nubes y sus labios como pétalos perfumados. Ojos tan negros como la noche de un lugar desconocido en le que cualquiera querría entrar pero no se arriesgaría.
Siempre tenía consigo una, o dos cajas de cigarrillos, que no duraban más de un día pero, de todas formas, era otra de las cosas que disfrutaba en soledad.
En las últimas semanas se encontró encerrado en una habitación al fondo del pasillo de su casa, la cual estaba repleta de instrumentos que desde chico conservaba con mucho cariño. Las ganas de salir no lo acompañaban pero tenía pago el viaje en barco a Europa desde su cumpleaños número dieciocho. Empacó sus maletas donde abundaban los libros y cigarrillos y carecía su vestimenta. Emprendió su camino al viaje a las siete de la mañana, el quince de junio; llovía un poco.
Fue el veintisiete del mismo mes que conoció a Judith.
Judith había cumplido sus dieciocho años el cinco de mayo, era alegre, para nada pesimista, sabría manejar cualquier situación que se le presentara, una chica muy idealista que le gustaba pasar tiempo a solas. Sus ojos grises parecían una película antigua, su cabello era tan oscuro completamente opuesto a su pálido rostro, sus labios como rubíes, y su sonrisa, con treinta y dos perlas en ella, que no cualquiera podía apreciar.
Estaba acariciando su guitarra, él la miraba de lejos, dudó en hablarle. Mientras encendía un cigarrillo escuchó una melodía que familiarizó al instante, seguida de la dulzura de la voz de Judith que por primera vez llegaba a sus oídos. Las dudas se volvieron curiosas y empujaron a Julián hacia donde se encontraba la hermosa mujer.
Judith sonriendo, moviendo su mano en forma de saludo, continuó con la canción mirando fijamente a Julián, quién detrás de su cabello escondía un gesto de ternura.
Al terminar Julián interrumpió el silencio.
-Please Mr. Postman- soltó una carcajada.
Ella no hizo ningún comentario, pero contestó con su mirada y una cálida sonrisa, mientras buscaba en el bolsillo de su saco una de las cajas de cigarrillos. Al encenderlo, sus ojos color plata se iluminaron, al igual que el rostro de Julián. Judith apoyó la guitarra en sus piernas y se presentó extendiendo su mano.
-Judith Fischer.-
Y las mejillas de Julián cambiaron de color.
-Julián Nilb.- contestó y besó su mano.
En ese instante parecía que hubiesen cambiado de mejillas, ésta vez quien se sonrojó fue Judith.
Estuvieron exactamente tres horas y cuarenta minutos hablando sobre música y literatura, observando el oleaje.
-¿Por qué viaja, Julián?- dijo, desviándose del tema.
-Mis familiares siempre viajaron mucho, me arriesgaría a decirle, Judith, que tengo historias sobre cada ciudad de cada parte del mundo, las he escuchado infinitas veces y aún así no me aburren. Creí que ya era tiempo de comprobar qué tan ciertas son, ¡y qué mejor que empezar por Italia! donde nació mi abuelo, a pesar de que nunca lo conocí siento que lo quiero, y que me entiende, y que... y usted, ¿usted por qué viaja?-
-¡Historias! Le contaría historias que seguro no conoce, historias propias, historias increíbles, no historias repetidas, Julián, pero estoy segura de que nos volveremos a cruzar y tendremos tiempo de tomar un café y conversar, porque le gusta el café ¿verdad? ¿Qué mejor compañía que una taza de café y los fieles cigarrillos? También voy a Italia, no es la primera vez que viajo hasta aquí, pero es mi primer viaje sola, de todos modos como ya le he dicho, no es la primera vez que lo hago, y aún así siempre siento algo nuevo. No me aburro de fotografiar los mismos lugares una y mil veces.
-Oh, entonces, seguro nos cruzaremos, Judith.-
Y ambos encendieron un cigarro.
Habían perdido la noción del tiempo, Julián había olvidado la obra de teatro de las 21:00 hs y Judith una película francesa, pero ninguno lo dijo, ambos estaban bien juntos, y a pesar de tener las esperanzas de volver a encontrarse, no estaban seguros de que eso sucedería. Lo entendían, como si hablaran entre sus cabezas sin decir una sola palabra. Se sentían tan cómodos que el reloj se les puso en contra y las agujas fueron tan veloces como las estrellas fugaces que admiraron durante horas mientras el tiempo y los cigarros eran compartidos y comían algunas cosas que fueron compradas para las obras que se perdieron.
Judith se paró y extendió su mano a la altura de Julián para que se levantara con ella, se miraron fijamente durante unos minutos y ambos sintieron las mismas impotentes ganas de tomarse de ambas manos, compartir abrazos, sentirse, conocer aún más, degustar sus labios; aunque ninguno dio el primer paso.
Judith se despidió y cada uno fue a su habitación.
Cuando Julián se acostó no hizo más que pensar en la hermosura de la joven, la dulzura de sus labios y su penetrante mirada que lo había vuelto loco. Mientras Judith, acostada boca abajo no para de idealizar a Julián y su perfecta imagen. Cuando ésta miró el reloj eran las 3:07 de la mañana, seguía esperando a que el joven fuera en busca de ella, sin tener la mínima idea de que Julián por su parte, deseaba lo mismo.
Sin resistirse, se dirigió hacia la puerta y al abrirla se encontró con la mano de Julián en el pestillo quien no le dio ni un segundo para admirar su belleza porque ya le había robado más de un beso.
Sus corazones se empezaron a acelerar, entre sonrisas, caricias y miradas fueron poco a poco, compartiendo algo más que pasiones, volviéndose uno. Estaban en una pasarela de emociones, lentamente veía como Judith se convertía en un puzzle eterno para Julián, él sentía como si cada pieza y cada movimiento, fuera maravilloso en ese instante, sin dudas, le habían contado infinitas historias pero ninguna que lo hiciera sentir tan vivo como la que estaba creando en ese momento, ya no solo intercambiaban besos, sus caricias lentamente aumentaban la pasión, desvistiéndose, Julián besando cada centímetro, volviéndolo más entusiasta por descubrir, por saber lo que oculta, sintiendo el calor de su pecho con ese aroma peculiar, escuchando sus gemidos. Judith acarició su cuello, su abdomen, sus piernas, Julián besaba su espalda, cada caricia los hacía sentir más cerca, cada vez que sus manos se rozaban se querían un poco más, cada beso era mejor que el anterior, las manos de Judith rasgaban su espalda vigorosa. Ambos sintiéndose en una devoción, sabiendo que no había nada que pudiera igualar lo que estaba sucediendo. La guerra y el amor podían ser uno, entre sábanas; y la luna los miraba, tan brillante como sus almas en esa noche, tan blanca como los cuerpos de quienes estaban amándose, y tan radiante como símbolo de lo que serían sus siguientes días.
La mañana había sido tan dulce como la miel en sus desayunos, hasta que Julián se levantó y mientras Judith se bañaba fue a su habitación. Al salir de la bañera y no encontrar a Julián se preocupó, hasta que vio un papel al lado de las tazas para café, vacías.
"La espero a las 19:00 hs en el cine, señorita." Leyó mientras sonreía.
Ella tan puntual como siempre, Julián se retrasó, 19:15 hs.
-Judith- dijo, y besó su mano.
-Julián- se sonrojó.
-Lamento no haber sido puntual, y espero que no haya pensado que quería ver una película.- comentó con un tono frío al igual que su mirada.
Judith no comprendía por qué estaba tan extraño.
-Tengo algo que enseñarle.- sonrió, y Judith volvió a sentir al mismo Julián. -Cierre los ojos, permítame- continuó, en voz baja, colocando una venda sobre sus ojos. La hizo caminar hasta un baño cercano a la sala y al instante de colocar la tranca empezó a desvestirla. Iba bajando el cierre de su vestido con tanta delicadeza, como si estuviese acariciando una escultura hecha de cristal. La respiración de Judith se aceleraba y los latidos de su corazón podían ser escuchados. Julián comenzó besando su cuello, recorriendo con sus labios su hombro derecho llegando a su delicada mano con dos anillos, acarició su vientre, ésta vez fue arriesgado y la adrenalina les gustó, los unió, las caricias se volvieron mutuas, los mordiscos no perdían su dulzura, la venda jamás se movió de su lugar. Completamente desnudos, ella observaba sin ver, él ya conocía cada lunar de su cuerpo, y la quería; sentía algo más fuerte cada vez, lo estaba volviendo loco, ya no podía controlarlo, su admiración por Judith era increíble.
Judith por su parte veía a Julián casi como una caja de sorpresas, le despertaba curiosidad, quería saber qué encontraría dentro, no paró de idealizarlo en ningún momento, llegó a preocuparse. Sin embargo, cuando estaba cerca de él, las ganas se volvían irresistibles.
Julián la vistió mientras ella seguía en busca de su boca, todavía con los ojos vendados.
Julián le sacó la venda, y como al salir sintieron frío se quitó su saco y lo colocó sobre los hombros de Judith mientras se sonreían.
-Julián...-
-¿Si, Judith?-
-No quiero dejar de verlo, Julián.-
Éste se sonrió, lo que hizo molestar a Judith, encendió su último cigarrillo y lo fumó en silencio, sin siquiera mirarla.
-Creo que es hora de que vaya a su habitación.- contestó mientras jugaba con la colilla semi-apagada.
Judith no emitió comentarios, aunque quiso, lo único que hizo fue tirar el saco sobre sus pies e irse.
-Adiós...- dijo en alto Julián, con tono de burla.
Judith encendía un cigarro tras otro mientras sentada al borde de la piscina observaba las estrellas y sus lágrimas recorrían sus pálidas mejillas para finalmente yacer mezcladas en el agua. Continuó igual durante horas hasta que decidió ir a su habitación y olvidar lo sucedido, mientras Julián ya en su cama pensaba en su estúpida actuación.
Al día siguiente, en la hora del almuerzo, Julián fue al restaurante y pidió pasta con salsa de mejillones. Mientras esperaba su comida y buscaba algún postre una banda de blues comenzó a tocar "Hold on I'm coming" lo que hizo sentir muy cómodo a Julián.
En el momento en que terminaban su primer tema y éste volteó para aplaudir, notó que a sus espaldas se encontraba Judith. En seguida se ruborizó, pero sin pensarlo dos veces agarró su saco que estaba colocado sobre la silla y se sentó en la mesa de Judith.
-Julián.- dijo ella, con un tono frío.
-Judith, perdóneme por mi comportamiento, realmente me siento avergonzado, no estoy acostumbrado a lo que estoy sintiendo, creo que la quiero, la necesito Judith, jamás me había sucedido ésto antes y estoy asustado, no sólo eso, tengo miedo de no encontrarla, cuando usted me dijo que no quería dejar de verme sentí que no confiaba en que volveríamos a estar juntos en Italia, creí que la perdería y me comporté como un idiota, quiero...- y antes de que terminara, Judith besó sus labios, y en ese beso Julián encontró, no sólo la calma sino también todas las respuestas que esperaba. No pararon de sonreírse ni un minuto.
-¿Qué pidió?- interrumpió Judith.
-Pasta, ¿usted?- contestó.
-Nada aún, ¿me recomienda algo, señor?- sonrió.
-Pidamos ambos pasta con salsa de mejillones.- y así lo hicieron.
Al terminar el almuerzo Judith le pidió que la acompañara a su habitación, que tenía algo para darle. Cuando llegaron pidió que no mirara, que cerrara sus ojos y extendiera sus manos. Lo que colocó sobre ellas fue el tesoro más añejo y preciado que tenía. Las obras de William habían sido su inspiración desde pequeña, pero esa en particular fue la más especial, no sabría explicar si era la antigüedad del libro, la forma en que estaba narrado, o el olor que le recordaba a la casa de sus abuelos. Cuando Julián observó lo que tenía en sus manos sus ojos se volvieron tan brillantes como luceros.
-Oh, Judith, esto... ¿esto es para mi?- dijo Julián sorprendido.
-Si, de hecho, supuse que en su viaje a Italia visitaría Verona, me gustaría que cuando se encuentre allí, haga lo mismo que hice yo la primera vez que visité la ciudad de Romeo y Julieta y lea la obra de William Shakespeare. "Enséñame a olvidarme de pensar" Dijo Judith, citando un pequeño trozo de la historia.
-Gracias, señorita. Le aseguro que lo haré.- contestó Julián seguido de un cálido abrazo.
Estuvieron toda la tarde actuando como niños enamorados, fueron al cine, dieron veintitrés vueltas contadas sobre el borde de la piscina, hablaron acerca de un montón de cosas, rieron hasta sentir ese dolor de panza que no era molesto en lo absoluto. Judith empujó a la piscina a Julián, quien luego de eso fue en busca de ella para vengarse. A esa hora no había testigos más que la luna del cariño que estaban compartiendo, y esa noche, luego de amarse como nunca antes lo habían hecho, soñaron juntos.
A la mañana siguiente se levantaron deprisa, Judith se puso el vestido azul con el cuello blanco, el mismo que traía puesto cuando conoció a Julián, y él se colocó su gabán negro favorito. Judith tomó la epístola "De profundis" de Oscar Wilde y fueron en busca de un café. Mientras compartían un cigarrillo deleitaba a Julián con la lectura.
Pasando hora y media Judith dejó de leer.
-¿Por qué no sigue leyendo, Judith?- preguntó Julián.
-Cuénteme acerca de sus padres- sugirió.
-Sabía que en algún momento lo iba a pedir. Mi relación con ellos realmente no es la mejor, de hecho, sé muy poco acerca de mi madre. Lo único que puedo decirle es que es feliz con una nueva pareja, lo cual no me molesta para nada, simplemente hay cosas que aún no he terminado de entender. A veces no comprendo a los adultos, su forma de actuar, la mayoría de las cosas que hacen... de todas formas, lo haré en algún momento, así como ella me dijo la última vez que la vi. Cuando tenía siete años se fue a vivir a España, y yo me quedé con mi padre, no es un mal hombre, pero nuestra relación jamás fue de padre e hijo sino más bien un tipo de amistad ¿me entiende? es decir, confío en él Judith, pero jamás tuve de él lo que en verdad necesité. De todos modos no importa, por él estoy aquí. Y ¿usted? ¿qué me puede decir sobre sus padres?
-Mis padres están locos- comentó seguido de una risa. -No querría saber ni un poco de ellos.- Entonces Julián no insistió.
-Sígame.- dijo Judith mientras tomaba su mano.
Lo dirigió hacia su habitación, tomó la guitarra y comenzó a cantarle finalizando con el tema "quelqu'un m'a dit"
Así fueron pasando los días, hasta llegar al lugar que ahora, era el menos deseado. Si tan sólo el viaje fuese eterno...
Éste fue el último atardecer que Judith vio dentro del barco, el saber que la hora de despedirse se aproximaba hacía que los corazones de ambos viajaran en una montaña rusa para luego sumergirse en un profundo océano de emociones completamente desconocidas para ellos, aunque con algunas de éstas se familiarizaron. Julián, que recordaba el adiós de su madre, Judith, que sentía cercano un próximo fracaso, la tensión se hizo visible y ya no importaba el destino.
Ésta noche Judith se dejó llevar por el sonido de las olas que acariciaban al barco, permitiendo que las estrellas penetraran sus ojos, y, curiosamente, sus emociones la trasladaron a su niñez, aquella en la que sus únicos amigos fueron los infinitos personajes de las novelas que su hermano mayor le otorgaba, esos que a veces debían ser robados de la mansión de la señora María Del Carmen, con quien trabajaba por un par de monedas que valieron la pena ya que pudo salvar a Judith del abandono que presenció y que jamás mereció. La familia de los jóvenes viajaba, y Judith conocía muchas historias, es cierto, pero debido a las aventuras de sus parientes, el abandono era notorio, y Paul, su hermano, fue el único acompañante durante su crecimiento.
Los fracasos la invadían al menos tres veces por día, llenando de nudos su cabeza, garganta, corazón e incluso parecía que los nudos habían enlazado sus manos y cualquier movimiento para defenderse sería inútil.
Como aquella vez en la que tomó un par de pinceles, algunas hojas y comenzó a experimentar, pero todo era un desastre ante sus ojos, un montón de nudos de colores en aquel papel blanco como su rostro... por un momento sintió la manifestación de sus sentimientos en papel, dejó caer los pinceles, arrugó aquella hoja, arrojándola lejos, mientras su hermano observaba su angustia desde el espacio de aquella puerta entreabierta.
O aquel día con dieciséis años de edad que conoció a un chico solitario, sentado cerca de un arroyo al que Judith iba con frecuencia, ese lugar que la haría sentir ella misma, con los pies descalzos y apenas unas pocas prendas para sentirse libre, desnuda ante el mundo, y el hombre con su sombrero, una pipa en la boca adornando sus labios, su camisa gris y un moño negro, acompañó la libertad de la joven con la melodía improvisada creando un ambiente perfecto para los sentimientos de Judith en ese entonces. Fue inevitable hablarle, y sin dar vueltas, sin siquiera presentarse, pidió permiso para tocar el violín, pero otro fracaso tocó a su puerta y ya estaba cansada de abrir.
Dejó de recordar por unos minutos, porque sus ojos presenciaron una estrella fugaz. Pidió un único deseo; poder triunfar, sólo ésta vez.
Se acordó de aquel diálogo:
"-Señor- dijo, mientras se apoderaba de su sombrero para luego hacer una reverencia con éste, presentándose. -Mi nombre es Judith, Judith Fischer- acotó, colocando nuevamente el sombrero en su lugar, sobre la cabeza del violinista, con su cabello oscuro, como los días de Judith, ese que por su pálido rostro resaltaba los ojos del muchacho, ojos entremezclados, donde encontró gris, verde y algunas manchitas marrones.
-Señorita- y se quitó el sombrero. -Thomas es mi nombre.-
-Thomas... solía tener un hermano pequeño llamado así, yo era muy chica, sólo recuerdo sus ojos negros, los ojos más lindos que he visto. A veces se dibujan en mi cabeza y los utilizo de guías. Creo que Paul no pudo hacerse cargo, y se culpa todos los días. Sé que nunca me contó qué pasó con mi pequeño hermano, pero de todas formas tampoco sé es si estoy dispuesta a escuchar una respuesta. De todos modos, nunca estuve de acuerdo con la actitud de Paul. ¿Por qué nunca culpa a nuestros padres? El único hombre de mi vida es él, ¿por qué siente que las cosas no funcionan? si es el hombre más admirable que he conocido. Me esfuerzo por devolverle lo que él me ha dado, pero vuelvo a fracasar. Ojalá pudiese ser como él, si tan solo supiera lo agradecida que estoy por todo lo que ha hecho, pero aún así la inutilidad se apodera de mi, y Paul necesita mi ayuda. Oh, disculpe señor, a veces la necesidad de hablar con alguien es tan grande que olvido que usted es un simple desconocido. Solo quiero desatar cada uno de los nudos que se apoderan de mi cuerpo, y cuando finalmente estén desenredados, tengo en mente tejer, de tanto nudo me he llenado que con ellos mismos tejeré alas para Paul, para mi, e incluso para usted si así lo desea y siente la necesidad de volar, acariciar las nubes y quizás dejar algunas cosas atrás, vaciar el equipaje, ya sabe, así no encorva nuestras espaldas.-
-Si me permite, señorta... ¿Judith? Es muy profundo lo que usted dice, y es notoria la motivación que hay dentro de ese corazón, una motivación que convencería a cualquiera, ese amor que tiene por el otro, pero especialmente el amor que quiere tener por usted. Yo ya desenredé la madeja de mi cuerpo, ahora es su turno, y la voluntad que me ha mostrado es más que suficiente para deshacerse de los hilos que la tienen atada a la nada y que le prohíben ser completamente libre.-
La joven no pudo emitir una palabra ya que su acompañante comenzó a tocar el violín. Judith nunca sintió darle el reconocimiento suficiente a su hermano, mientras subía al barco deseaba que el estuviese allí, pero el dinero no alcanzaba, y su familia estaba muy ocupada en sus propias experiencias turísticas, viajando hacia la hermosura del Machu Pichu, que era de los pocos lugares que le quedaba por conocer."
En esos pensamientos que iban y venían, apareció Julián con un par de bombones, entregándole un cigarro encendido, para disfrutar de su última noche.
El sol que empezó a despertar los miraba contento, tan brillante como si quisiera recompensarles el haber interrumpido su velada. Al darse cuenta que habían llegado a su destino y no habían dormido en toda la noche no pudieron evitar la sonrisa, y sus miradas se cruzaron como pidiéndose abrazos y caricias infinitas. Ambos tomaron sus valijas y bajaron lentamente, sin perderse de vista.
-Me encantaría volver a verla, señorita.- decía mientras se quitaba el sombrero en forma de burla, y así se despedía Julián.
-A mi igual.- dijo Judith y a continuación agarrando su vestido que la hacía parecer una muñequita, hizo una reverencia entendiendo la gracia de Julián.
El dos de julio, Julián comenzó su recorrido con el auto alquilado pasando por Roma, Orvieto, Siena, San Gimignano, para finalmente llegar en la tarde a Florencia, la ciudad que deseaba visitar desde niño, por ser una de las ciudades de arte e historia más famosa. Ya alojado en el hotel, el sueño, venciéndolo le prohibió desarmar sus valijas, pero jamás prender un cigarrillo, y lo disfrutó como si fuese el último, mientras sentado en la terraza con la mirada perdida sonreía.
Quienes lo despertaron fueron aquellas caricias del sol que se sentían cómodas al entrar por la ventana. Se levantó, se dio un baño y volvió a usar la misma ropa del día anterior. Visitó los museos de Florencia y lo llenaron de vida, salió emocionado de cada uno, sus familiares le habían contado que era muy lindo recorrer esos lugares, pero nunca comentaron nada siquiera parecido a lo que Julián pudo observar, quizás porque éste se enamoraba más del arte, de una canción, de un libro, y no tanto de las personas. Fotografió todo lo que estaba a su alcance, cambiando de rollo a cada segundo, esas fotos, y las imágenes que guardó en su mente desde su primer día de viaje valían para él lo que su vida o más. Entre cada recorrido el descanso del sol fue casi impredecible pero ahí estaba. A la noche, cenó en un restaurante Renacentista conocido como Palazzo Borghese. 
En su tercer día, viajó en barco por la laguna de Venecia y conoció sus diferentes islas.
Ya, en su cuarto día de viaje, segundos después de salir el sol, visitó Verona, y recorrió la ciudad de Romeo y Julieta, el lugar el cual las ganas de visitar eran mayores. Quedó completamente anonadado, se enamoró de cada cosa que vio, hasta que finalmente cumplió su promesa y bajo la sombra de un árbol, rodeado de cajas de cigarrillos comenzó con la lectura. Disfrutó la obra tanto como el paisaje hasta que, se sorprendió con una frase que le recordó a su compañera de viaje: "Los enamorados pueden andar sobre las telas de araña que se mecen en el tibio calor del verano, así de leve es la ilusión" Comenzó a pensar en cada caricia, cada momento que compartió con Judith, se sintió extraño y quiso correr en su búsqueda, recordó que estaban muy seguros de reencontrarse pero eso no había sucedido, entonces, las ganas de saber de ella fueron aumentando. Necesitaba volver a sentir su cuerpo, sus labios, su mirada, el corazón de Judith sobre su pecho, las manos de ella acariciando sus mejillas para finalmente rodear su cuello y llenarlo de besos.
Entre tanto pensamiento el sol moría, y sin más vueltas decidió ir a Bérgamo a conocer sus pequeños restaurantes. Lo que había sentido en la ciudad jamás desapareció, pero luego de un largo día se alojó en un hotel para poder descansar.
En la mañana siguiente, salió temprano pasando por Suiza con la idea de llegar a almorzar a Lucerna.
Julián había preparado su recorrido desde que, en sus dieciocho años, confirmaron su viaje.
De Lucerna iba a dirigirse hacia Einsiedeln, para luego ir al este de Suiza, iría a Maienfeld donde se inspiró la novela/cuento de Heidi. Haría un paseo por su pequeño centro histórico y posteriormente conocería la Casa de Heidi. Pero Judith se interpuso en sus planes. Regresó al hotel en el que se alojó por primera vez con la intención de volver a encontrarla, pensó incontables noches en ella mientras escuchaba en el walkman una y otra vez un cassette de Pablo Honey.
En sus recorridos por Italia conoció a varias chicas, en cada una encontró similitud con Judith pero él sabía que ninguna sería como ella. Odió sus ojos, sus mejillas, su voz, su cabello, su vestimenta añeja, la forma en que tenía de ver la vida, extrañó cada canción de su viaje, cada sueño, cada caricia. Escribió a mano dieciséis cartas sin destinatario pero todas concluían en ella. Era única. Jamás creyó necesitar tanto a una persona como la estaba necesitando. En Elvira encontró casi su mirada, en Isabel una sonrisa parecida, con Sol compartió sus gustos musicales, con Ana su amor por la literatura, finalmente con Francisca su fanatismo por Radiohead. Pero con ninguna, todo lo que Judith le mostró en cinco días. Finalmente salió a recorrer las calles de Florencia con Ana, quien no toleraba a los fumadores por lo que Julián no fumó en ningún momento estando con ella.
Ana era una muchacha de veinte años, algo alta o eso parecía, ya que siempre usaba tacos, su pelo dorado y recto pasando sus hombros con un cerquillo perfecto. Ojos color miel y una mirada sin gracia. Tenía labios pequeños y una linda dentadura. Luego de varias horas de caminata se sentaron a descansar bajo la llamativa luz de un farol. Tomaron un largo descanso sin decir una palabra, sin rozarse siquiera. Hasta que Ana lo besó. En el momento en que sus caras se separaron, Julián miró para su derecha y observó una figura que reconoció al instante. Era Judith, con unos ojos cansados acompañados de una lagrima en cada mejilla. Traía la guitarra en su mano, y en la otra el libro Hamlet, el cual dejó caer cuando Julián la miró a los ojos. Estuvo diez segundos observando tratando de entender lo que estaba sucediendo, en el instante que lo asumió corrió rápidamente sin mirar en ningún momento hacia atrás hasta llegar a un callejón oscuro en el que caería al suelo y soltaría toda su angustia en forma de agua.
-Judith, por favor, espere- gritó Julián. Y fue detrás sin decirle una palabra a Ana luego de tomar el libro que Judith dejó caer.
Cuando la encontró no sabía qué decir, se sentía culpable de toda su angustia pero entendía que no había hecho nada malo, sin embargo, algo lo inquietaba. Le pidió disculpas incontables veces mientras Judith lo rechazaba algunas más.
-Por favor, Judith, discúlpeme, ¿dónde ha estado?
-Aléjese de mi, no lo quiero ver más.
-He estado pensando en usted desde el primer segundo en que nos separamos, Judith, la necesité, ¿dónde ha estado? Contésteme, cada día quise encontrarla, cada noche quise dormir con usted, comprendí que nadie conseguiría hacerme sentir lo que usted logró
-Oh, Julián, sabe que no necesité acercarme a otra persona para saber que no sentiría lo que sentí por usted ¿no? Es decir, no hacía falta. Lo entendí desde la primera vez que lo vi, en cambio usted, Julián, ¿era necesario? ¿por qué tuve que ver eso? ¿por qué mejor no se preocupó en buscarme? ¿''cada día quise encontrarla''? simplemente con eso no basta ¿o no fue capaz de darse cuenta? Debería haberlo intentado, ¿por qué buscar otras mujeres? si usted estaba tan seguro de que me necesitaba, ¿pretendía acostarse cada día con una mujer diferente hasta que yo como si fuese un milagro, apareciera y le pidiera que no se alejara nunca, y así usted dejaría a todas esas mujeres atrás porque realmente se da cuenta de que me ama? ¿cree que iba a tolerar eso? ¿cree que voy a tolerar eso? De todas formas, ya no importa, ya no hay nada por hacer. No quiero volver a verlo, quiero que desaparezca de mi vida, necesito estar sola, váyase.
Julián quería responder pero su boca se volvió inútil, sentía que cualquier cosa que pudiera decir ya no tenía ninguna importancia, y sin pensarlo se fue corriendo con los ojos vidriosos, golpeando paredes y agarrándose la cabeza mientras en ella sonaba una melodía que parecía perfecta para ese momento... ''All I need"de Radiohead.
Cuando finalmente llegó al hotel en el que estaba hospedado no hizo más que pensar, comprendía los sentimientos de Judith pero sabía que podía ser perdonado, estaba bastante seguro de que ella aún lo amaba y por supuesto, él haría lo que fuese por recuperarla. Trató de no perder la calma, y a pesar de que mientras pensaba varias lágrimas recorrían sus mejillas, intentó buscar una solución.
Pasados varios días, salió a caminar para intentar distraerse, despejar la mente, ya que la noche anterior no consiguió dormir más de dos horas ya que había estado inventándose diálogos que tendría con Judith la próxima vez que la encontrara, comprendiendo que ésta era su historia y que el final lo decidiría él, incluso varios de ellos los plasmó en papel.
Se imaginó caminando al puerto, y en el momento en el que estaba por subirse al barco que lo llevaría de regreso a su casa, dar un último vistazo y ver a Judith observándolo con un vestido blanco con lunares azules y su guitarra en la mano, acercándose a él rápidamente y él copiando sus pasos, hasta que finalmente se abrazarían y compartirían todos los besos que no pudieron, le diría que la ama, que por favor no volvieran a separarse, que era capaz de quedarse allí o de pedirle que lo acompañara, pero que no lo dejara de nuevo.
Su otra hipótesis fue tomar su barco el dos de agosto y al igual que como se conocieron, ésta vez, cinco días antes de llegar a su hogar, encontrarla, ver su espalda mientras ella observaba el agua, él se acercaba y sacaba dos cigarrillos, uno de ellos iba directo a sus labios, el otro iba a la mano de Judith, y mientras tanto observaban cómo el fuego del sol se iba apagando, al igual que el de los cigarrillos que estaban fumando.
Otro de sus finales, el que fue tachado y me costó entender, fue en el que Judith regresaba y le pedía que se quedara junto a ella, que se había comportado de una manera equivocada y que él en realidad no tuvo la culpa, ya que ella tampoco lo buscó. Creo que Julián optó por quitar ese final ya que la culpa que sentía por lo que estaba pasando en su historia era real y no desaparecería por arte de magia.
Escribir el final no haría que sucediera, más allá de lo que Julián quisiera que pasara, sabía que Judith tenía razón y que a pesar de que ella le dijo que no había nada más por hacer, recordó que no alcanzaba solo con querer tenerla ahí, sino que debía hacer algo para cambiar la situación.
Estaba sentado tocando su violín cuando vio pasar a Judith de la mano con un hombre, bastante elegante el cual odió y admiró en seguida, vestía un traje que no era formal pero lo hacía parecer, llevaba un sombrero negro, su cabello castaño, largo hasta sus hombros, tenía una mirada engreída y una sonrisa pícara hacia cada mujer.
Julián no dejó de tocar, pero tampoco dejó de observar, sin embargo, ella no lo vio. Por un momento su idea de buscar el final se convirtió en odio hacia ambos, el no quería ésto, pero la historia se estaba escribiendo, y él tenía que detenerla. Dejó su violín en el suelo y se acercó a donde se encontraban ellos.
Cuando Judith notó que él se hallaba a un metro de ella se sintió incómoda, pero no tuvo tiempo para pensar;
-Julián ¿qué está haciendo aquí?
-Judith, necesito hablar con usted.
-Lo escucho.- contestó Judith mirando a su acompañante.
-Judith no tengo idea en qué está pensando, no tengo idea de quién es éste señor...-
-Mi nombre es James.- interrumpió, mientras que Julián lo miraba como quien no espera una respuesta, y continuó...
-Lo único que sé y entendí es que tiene razón, tal vez piense que no me lo merezco, pero siento que puedo ser perdonado, si tan solo me diera una oportunidad entendería usted que nada me hace olvidarla, Judith, ya me conoce, no hay nada que pueda decirle que no sepa, cada vez que cruzamos miradas me vuelvo transparente, no puedo mentirle, sé que usted lo sabe, aunque en éste momento esté molesta conmigo y no me mire a los ojos cuando le hablo. Sé que si decide darme una oportunidad no se arrepentirá, porque la conozco, porque nos conozco como uno. Comprendí que no hace falta cambiar, ninguno de los dos debe hacerlo, porque cuando estamos juntos nos complementamos, nos transformamos en algo mejor, en cambio, por mi parte, cuando estoy sin usted me siento perdido, siento que no encajo en ningún lado...
-¿Terminó?- contestó Judith sin mirarlo.
-En mi cabeza la respuesta sería otra.- susurró Julián con la cabeza gacha.
-Lo siento, no le mentí cuando le dije que ya era tarde.- dijo y se fue.
Es cierto que en la cabeza de Julián todas las respuestas que esperaba de Judith al respecto no serían ni cerca de esa fría y dolorosa que obtuvo, pero ya no podía cambiarlo. Se había quedado varios minutos con la mirada perdida después de haber sentido un dolor en el pecho, algo parecido al dolor que sintió el día en que su madre se fue, cuando por fin entendió, que había perdido a alguien más; o quizás, nunca las había tenido.
Se dirigió al hotel, tomó sus cosas, le regaló una última mirada a la fotografía que tenía con Judith aquel día en el barco, cuando pintaron sus caras y con velas en sus manos fueron a asustar a un par de niños, y seguido del recuerdo y una lágrima acompañada de una sonrisa la dejó sobre la cama del hotel.
Dos de agosto.
Julián se encontraba en el puerto esperando su barco mientras miraba hacia los mismos lados reiteradas veces tratando de encontrar a Judith, se sintió inútil porque en el fondo sabía que no estaría allí, y cuando vio acercarse lo que lo llevaría a su vida cotidiana dejó caer su cigarrillo y seguido de un suspiro comenzó a caminar sin mirar atrás.
¿Recuerdan el final que escribió Julián en el que se volvía a encontrar con Judith cinco días antes de despedirse, otra vez? No puedo decir que fue lo que sucedió con exactitud, pero luego de dejar sus maletas e ir en busca de aire fresco la vio.
Julián no quería arruinar el momento y a pesar de las ganas de ir corriendo a abrazarla, simplemente se acercó, despacio, sacando dos cigarrillos del bolsillo de su gabán hasta llegar a su lado y simplemente decir todo con una sonrisa, la cual fue contestada con la mirada de Judith y la fotografía en sus manos que Julián había abandonado.
Y el atardecer, moría.
Y el fuego del sol se iba apagando, al igual que el de los cigarrillos que estaban fumando,

Oriana Crosara

martes, 20 de diciembre de 2016

Manzanas

no quiero desquiciarme, despistarme, destinarme
no juego para que el último nivel me desarme,
juego para mimarme, para entenderme, para quererme.
horas mirando el techo,
mi cabeza apoyada en tu pecho,
intento que mis pensamientos sigan derecho
me pasan la botella yo me estrecho
me siento un desecho, de mi muerte el lecho,
asecho,
mi mente aprovecha pero sigue insatisfecha
logra prender la mecha,
por eso ataca, arrejaca,
de mi jardín todo color arranca,
y mi esperanza una lanza que no avanza
mis pensamientos son una alianza
aún así me causan añoranza
los viejos años, a los que extraño,
a los que una vez mi ser dañó,
mis vivencias en peldaños,
algún rebaño extraño, un ermitaño,
los años viejos, que quedan lejos
en mi memoria se encuentran desparejos,
algo complejo y no me quejo.
un día nuevo, me elevo a huevo,
me muevo, me desencuevo, es un relevo
al que minuto a minuto yo me atrevo,
discuto por la verdad,
si no hay felicidad estoy de luto,
silencio absoluto, me transmuto
estoy helando, mi corazón blando
y por la vida voy bollando,
cargando, gritando, perdonando,
pero aún negando el fallo.

viernes, 2 de diciembre de 2016

diciembre

Tantos días iguales, dos como pocos y yo de tu mano recibía el comienzo del final de éste año, que comenzaba en ti, crecía en ti, acababa en ti, y por ti o para ti.
Por ahí por el principio, que es por donde se empieza, yo lloraba como cuando mi madre sudando me traía a este mundo. embriagada y con olor a uva, besando aquella flor, me enteré que aparecías por primera vez en mi vida. Poco me interesa, y quién soy. Pero senté cabeza y dije "voy". 
Psicoactiva toda esa magia, que entre cuerdas se enredaba en mi cuerpo, en mis manos, en mi pecho, pensé "por qué no" y me arrimé, "es un animé" pensé.
Entre balbuceos algún halago solté pero no era suficiente, lo que sentí no expresé. 
Sin querer le hablé a tu amigo, tu amigo respondía con preguntas y más cosas me cuestionaba yo. Hubo un par de historias de por medio, que no recuerdo por estar perdida, naufragando en vos. y él, que no lo notaba, como el Río de la Plata en días de tormenta, mi barquito de madera destruía, sin querer. Luego de eso te perdí y me sentí perdida, pero recordé que me sentía con vida, y ahí estaba, sentada en una plaza, mirándote a los ojos, creyendo disimular todo lo que podía sentir.  Sin querer también te quise. Y pienso en la escuela, en el liceo, en el museo. Y recuerdo unas raíces en las que quise dormir. El humo del cigarro, el olor a alcohol, nos echamos a reír, y sin querer me besabas, acariciabas mi piel, las sensaciones eran nuevas para mi, tus labios en mi espalda, tus manos en mi espalda, tu cuerpo... en mi espalda, cada movimiento era perfecto y yo pensaba, de nuevo y sin querer, ésta vez embriagada de vos. "qué bueno aquel día en el que lloré" porque fue la última vez que lo hice y no lo disfruté. Pensaba en cómo cambiaba mi vida y yo lo estaba viviendo, te abría la puerta y me abría una puerta hasta que me rendí y exhausta caí, a tu lado, donde quería estar. 
Es gracioso poder sentir tanto y expresar tan poco, porque creo que es de esos momentos en los que el habla no alcanza para definir las emociones, y las emociones no necesitan nombres inventados por mentes perversas incapaces de sentir. 
Me da miedo decir que te quiero, pero (siento que) creo que, lo hago con una fuerza y confianza que vale la pena vivir.

martes, 18 de octubre de 2016

Bosque

Recuerdo aquel último sueño;
yo caminaba en un bosque,
el bosque tenía un camino
no pude escribir mi destino
de todas formas me sentí bienvenido.
El camino era largo
iba deprisa
dos por tres soltaba una risa
pero no era de gracia 
fue incontrolable 
sentía cosquillas en el estómago
cada tanto el camino era doble
pero el viento me enviaba 
otra vez
a donde creí, pertenecía,
o merecía, o eso creía; creo.
El recorrido duró varias horas
varias horas estuve desnudo
hasta que llegando a lo que parecía
el fin del camino 
colgado entre ramas 
encontré un abrigo. 
Había una carpa, un fuego encendido,
intenté caminar, el piso estaba derretido.
Miré hacia abajo, quise entender el final
como cada vez que toqué fondo
lo único que encontré fue oscuridad. 
Cuando decidí levantar la cabeza
fue porque algo mojó mi cuello 
me ericé,
porque las nubes lloraban
al compás de mis versos,
y al son de mis lágrimas 
caían, se rompían
desaparecían en la nada inmensa
y yo inmensa me sentía.
Ya no lloré por tristeza,
ya se formó mi sonrisa,
la carpa era mi hogar,
el bosque era mi casa,
el piso aún me inquieta,
la oscuridad era mi lugar, 
las nubes eran mi meta.