sábado, 27 de junio de 2015

Saber perdonar.

¿Por qué seguimos en ese trance de no olvidar?
Y se nos hace tan difícil recordar lo que pasó.
¿Por qué jamás sirvió como experiencia?
Y hoy duele, como dolió ayer, como dolerá mañana, el mismo dolor de hace un año atrás.
¿Por qué el invierno me recuerda a la soledad?
Aunque al despertar estés ahí, seguís dolido, mustio, taciturno.
Insignificante me sentí, mediocre, exigua.
Y los perdones se vuelven monótonos, hastiados, soporíferos, interminables, tediosos, desesperantes, adormecedores. 
Quizás porque ya no hay nada que perdonar. 
Mi corazón promete ser tu acompañante, si el tuyo le da la mano y lo invita a pasear,
porque luego de haberse perdido unos meses, es curioso que se vuelvan a encontrar.
¿Qué tanto crees en el destino, mi amado?
Yo la verdad no sé,
si es casualidad o causalidad.
Y aunque te enojes y pierdas la calma,
aunque la rabia se apodere de tu amor
y a pesar de que tus ojos se mojen 
por aquellos recuerdos
fríos
en los que te sentías solo,
sólo te puedo decir que esa época ya se marchó.
Y aunque te haya invadido la soledad, y hayas quedado vulnerable ante ella,
casi desnudo, luchando contra sus demonios cuando podías,
matándolos con un traguito de alcohol cuando no,
nunca estás solo querido,
porque te prometo que acá estoy yo.

jueves, 25 de junio de 2015

Señor

Hace unos minutos, creo que estaba regresando a mi hogar, volvía de hacer un par de ejercicios que le pondrían fin a ésta mitad del año, para comenzar una nueva etapa. Venía escuchando alguna cosa desde el celular, y a lo lejos vi a un señor, dejando pasar a un auto, para luego poder seguir. Tenía las manos en sus bolsillos, y la cabeza gacha, aunque a veces la levantaba para respirar. Noté en seguida que nos íbamos a cruzar, y con la inseguridad que hay, esa que los medios aprovechan para vendernos miedo y prohibirnos luchar, lo único que se me ocurrió fue guardar el celular. En seguida me sentí absurda, y lo volví a sacar, pero debo admitir que el corazón acelerado, se me paralizó cuando oí un "hola, ¿cómo estás?". Quedé unos segundos en silencio, aunque en mi cabeza fueron horas, y miré para atrás, sin miedo, porque me planteé no huir más, y mirando a aquel señor sin rostro, sonreí, y contesté. Le dije que estaba bien, aunque no fue más que una mentira, pero más me importaba aquel hombre desconocido y quise saber cómo estaba él. Quizás notó que no sabía con quién hablaba, y se acercó mintiéndome también... "estoy bien".
Hubo algunos minutos de silencio, en los que nos decíamos lo mal que estábamos. "Seguís viviendo por acá?" preguntó, "claro que sigo viviendo por acá" contesté, "es que no se te ve nunca" agregó. 
El hombre sin rostro ya se había vuelto parte de mi vida, porque él me recordaba, y notaba mi ausencia, esa que quise que noten tantas personas que jamás notaron, y creo que un desconocido me dio lo que necesitaba. "Lo que pasa es que estoy yendo al liceo de noche, y paso el día estudiando" no pude contestar con sinceridad, ya que lo único que podría darle en ese momento, hubiese sido un par de lágrimas, una voz rota, y quizás un abrazo por pura necesidad de sentir a alguien que me entienda. "¿En que año estás?" preguntó, seguramente, porque él también necesitaba hablar. Le comenté que estaba en 4to año, se sorprendió como si me conociera de toda la vida, le dije que a decir verdad tendría que estar en sexto, me preguntó que edad tenía, le contesté que estoy por cumplir 18, y escuché el típico "¡qué grande estás!" y las luces de un auto alumbraron su cara, y reconocí a aquel señor. "¿Todo bien?" le pregunté, pensando infinitas respuestas que podría escuchar. "Estoy yendo a comprar algunas cosas, así por lo menos me puedo despejar", cuando oí eso pude reír, porque obtuve la respuesta con más sinceridad, y ojalá pudiese salir más seguido, con excusas, para poderme despejar. Nos despedimos, y cada uno siguió su rumbo, él caminaba hacia su destino, que era a una cuadra de aquel lugar de donde yo regresaba, yo caminaba hacia mi destino, que era a una cuadra del lugar de donde él salía. Y mientras pensaba en aquella charla, recordé a sus dos perros rottweiler, esos que cuando era chica  y acompañaba a mi perro a pasear, me daban terror porque en algún momento creí que lo podían lastimar. Y recordé al señor saludando a mi padre en alguna ocasión, y no sé si acompañado, pero sé que no tan solo como hoy. Y gracias a el señor desconocido, me siento un poco mejor.

lunes, 8 de junio de 2015

¿Perdón?

Te pido perdón por enredarte en mis neuronas, y por traer una tormenta a tu vida.
Quiero pedirte perdón por tener siempre el maquillaje corrido, y por comerme las uñas cuando estoy nerviosa.
Me gustaría que sepas perdonar el hecho de que me cueste ser puntual, y no lo hago para arreglarme, yo sé que te gusta verme natural. A veces solamente necesito estar colgada un rato, porque tengo otros mundos además del que conocés, y me cuesta manejar todo, y no quiero que vos lo intentes.
Hago el esfuerzo de que me perdones por mirarte tanto a los ojos cuando me hablás, lo que pasa es que me gusta el color verde, y de éste los acompañás. Y si te incomoda que mire al piso cuando es mi turno de  hablar, perdoname, tener la cabeza en alto es algo que no se me da. 
Perdoname por prender un cigarrillo cada cinco minutos, y por no saber dejar los pies quietos, es que a decir verdad estoy un poco incómoda, pero tranquilo, vos no te preocupes que me encargo yo de buscar la paz.
Y quisiera que me disculpes por ser tan retraída, la timidez causa cosas que ni te podés imaginar.
Intento disculparme por aquellas veces en las que te acompañé a los supermercados, porque no puedo evitar subirme a un carrito y pedirte que me lleves, aunque los niños me miren extrañados.
Y perdón por esas noches a las 3 de la mañana en las que me levanto de la cama sin decir una palabra y me pongo a ordenar, porque es tanto el desorden en mi cabeza que no puedo tolerarlo más.
Y en verdad no sé si quiero que me perdones.
En realidad me gusta ser así.
Me divierte levantarme y mirarme en el espejo, y no ver mi maquillaje corrido, ni mi pelo sucio, ni mis ojos cansados, más me gusta ver todo lo que te puedo dar.
Y no sé si quiero que me disculpes por no ser puntual, porque siendo sincera me gusta esa sensación de incomodo y no saber a dónde mirar, cuando estás ahí, hace rato, y yo recién estoy por llegar.
Y no me preocupa incomodarte porque realmente no sé si lo estás.
No me interesa que me perdones el hecho de que solamente mire al piso cuando te hablo, porque aunque vos no sepas, siempre hay piedras con formas extrañas, que me dan un montón de ideas de qué hablar. 
Y no te quiero pedir perdón por no adaptarme a un solo lugar, porque me gusta ser así, nómada, ambulante.
Y no sé si me interesa no prestar atención al caminar, porque todos los días hallo algo nuevo de lo que puedo disfrutar, y quizás siempre estuvo ahí, y no lo vi, pero aún así me hace pensar.
No necesito que me perdones.

domingo, 7 de junio de 2015

Cartas vacías

Mis brazos se congelan por el frío
no hay nadie más aquí
un molesto silencio,
un ramo de flores,
una carta vacía...

Y digo vacía 
porque tu alma lo está
y aunque quisiera tenerte
mi reina,
no volverás.

Y quiero quererte 
aunque a veces no quiera, 
ojitos celeste cielo 
con los brazos abiertos 
te espero.

Tus manos, 
fuentes de energía
toman cosas
y las convierten en vida 
¡y tu sonrisa!

Pequeña amante 
de las cosas difíciles
como las colinas con nieve,
las tardes de frío 
y un corazón aturdido.

Salvaje poeta,
amiga del viento,
quereme como te quiero
en éste momento
te siento.